Me siento cargado estos días en los que el invierno corre y se abraza a los cristales, sin embargo el calor en casa es exajerado, la caldera como buena anciana que es hace ya mucho que ha dejado de controlar sus arrebatos, me gusta así. Me gusta poder sentir el contraste apoyando la mejilla en la ventana mientras miro los quehaceres y las maneras de la vecina de enfrente.
Pero ahora necesito bajar y enfrentarme al invierno cara a cara, sin escudos, sin ventanas, y así decido bajar sin mas abrigo que la camiseta que llevo puesta, al fin y al cabo en todo lo largo y ancho de su pechera se puede leer “SOY DE PATA NEGRA”.
Son las 7 de la tarde y las farolas son ya lo único que ilumina un poco la calle, supongo que a esta hora todavía se estará poniendo el sol en Vigo, camino con el cuerpo bien erguido bajo la lluvia mientras en mi cabeza late la idea de que si no pienso en ella no le dará tiempo a mojarme, este absurdo viene a cuento únicamente porque son sólo 30 metros los que separan mi portal del chino mas cercano.
En la puerta una niña de unos tres años juega dando saltos, de la acera a la entrada y de la entrada a la acera. Podría ser el típico bebe de anuncio, pelo rubio rizado, ojos azules, y esa sonrisa entre dulce y diabólica que indica a todas luces que será una auténtica zorra cuando crezca. No puedo evitarlo y acaricio su pelo al pasar por su lado, inmediatamente deja su juego de los saltos y se da la vuelta para clavarme unos ojos que deberían estar prohibidos a su edad. Entro buscando algo para comer mientras me reafirmo en mi pronóstico. Las lecciones del miedo y la desconfianza las tiene ya bien aprendidas.
Doy una vuelta entre las estanterías del chino buscando algo para cenar, tengo que comprar también la botella para esta noche pero miro las monedas y me doy cuenta de que mi presupuesto es más que limitado, en un típico análisis de prioridades me acerco a la dependienta y antes de decirle nada saca de debajo del mostrador una botella de DYC para meterla en la bolsa.
– yo piensa que tu no venir hoy.
– Los viernes toca, ya lo sabes
Le sonrío simpático mientras pienso en lo lamentable que resulta el hecho de que una pobre mujer que trabaja 12 horas al día y no conoce más España que la que ve desde detrás de su pequeño mostrador se haya detenido en algún momento a analizar mi patético modo de vida.
- tu, cena tiene?
- Si bueno algo tengo, (una lata de ventresca y un par de onzas de chocolate)
- Tu tiene comer
Con un salto desde su taburete abandona su pequeño santuario dejando desatendidos su mini DVD y su caja registradora para coger un sobre de tallarines instantaneos.
- no picante veldá?
- Muchas gracias pero no hace falta, en serio.
- Na na na na, Tu tiene comel, tu tiene comel.
Le pago con lo que tengo la botella de whisky y no dejo de agradecerle el detalle de los tallarines. Si ya me sentía ridículo esto me acaba de cubrir de mierda hasta las orejas.
La niña vuelve a mirarme ahora con una mueca compasiva, no creo que haya entendido nada de lo que acaba de pasar y su cara es probablemente solo un acto reflejo ante mi gesto avergonzado.
Al salir de la tienda no puedo dejar de pensar en lo que me gustaría coger a la pequeña criaturita para llevármela a casa y emborracharla, vestirla como una puta, pero eso si, dejándole el enorme lazo rojo puesto (al fin y al cabo es una señorita). Podría llevármela al Nasti y dejarle en la puerta con los maricones para ver como se desenvuelve.
Creo que Maquiavelo también gustaba de hacer experimentos sociológicos con infantes.
