LA INCONGRUENCIA DE UN TACÓN

26 05 2008

Hoy en un descuido despisté la mirada hacia mis pies y me paré a pensar en la incongruencia de los tacones de mis zapatos – son unos castellanos (cosas del curro). Tienen un tacón de un centímetro más o menos, negros como los zapatos, creo que es el único calzado que tengo que lleve tacón.

Dándole vueltas me he parado a pensar en cual podría ser la utilidad de aquella protuberancia geométrica. En un análisis rápido me detuve en los de mi compañera y su extrema altura. Entendí su sentido al ver sus deliciosas piernas, unos muslos tensos encerrados en una falda de tubo y coronadas por una elevada cadera y un trasero elegante.

Llevé mi reflexión un poco más aya y reviviendo en mi memoria algún anuncio de compresas recordé lo importante que es para las mujeres sentirse seguras.

¿Era esta quizá la función de los tacones? ¿Son un invento inyector de seguridad?

Pensé luego en aquellos hombres de la época colonial, hombres poderosos, fieles a su verdad y a los valores (espiritualmente defenestrados a medio plazo) y como, al entrar en los salones, golpeaban contra el suelo sus alzas de madera de más de 5 centímetros haciendo tronar sus pasos y girar las cabezas para que todo el mundo pudiera observar su porte regio y su enorme panza curtida a base de opulentos banquetes, litros de cerveza y un altas dosis de dignidad.

En ningún caso los tacones de mis zapatos me aportaban una especial seguridad o una dosis de dignidad. Ni siquiera acercaban mi postura a aquel porte regio y panza elevada de los antiguos. El caso es que me di cuenta de que mis tacones eran gays o como mínimo metrosexuales, es decir, una versión dulcificada y amanerada de un ser, al que la tendencia había recortado en tamaño e insonorizado al fabricarlos en un caucho gomoso que por si fuera poco, se desgasta y se adapta a la imperfección de los andares de un veinteañero.


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